Lectura del Pecado 1

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· Pecado 1 ·

No amarás a tus hijos

Cuando el amor se convierte en un cuerpo amoratado

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Capítulo 1

De cómo negarse a sí mismo

 

“…y el Capitán Nemo exclama:
-El mar no pertenece a los déspotas. En su superficie los hombres podrán aplicar leyes
injustas, reñir, destrozarse unos a otros.
Pero a diez metros bajo el nivel de las aguas, cesa su reinado, se extingue su
influencia y desaparece su poder.
Ahí solo existe la independencia.
Ahí no reconozco voz de amo alguno.
Ahí soy libre.”
Julio Verne, escritor francés

El niño tiene hambre.
La mamá no está.
El niño se da la vuelta en la cama y se tumba sobre su barriga. Gira la cabeza de izquierda a derecha inhalando la funda de la almohada. Otto no reconoce el olor.
-¿Mamá? -dice con voz ronca sin hacer mucho ruido. Espera unos segundos antes de arrancar con un grito brusco:
-¡Mamáaaaaaa!
El niño está triste. La mamá no viene.
 
 
 
 
 
 
 
“Al que no tiene madre,
no hay que llorarle”
Refrán español
 
5 de mayo, 28 años antes, Ansbach, Alemania
 
Una señora de pelo gris entra en la habitación. Se queda parada ante la cama.
-¿Quieres desayunar? -le pregunta.
El problema de aquella mañana, entre otros, es que Otto, con su corta vida, no reconoce a esa señora. Ella se da cuenta de la inestable situación y se sienta al borde de la cama para preguntarle de nuevo con voz dulce:
-¿No tienes ganas de levantarte?
Éste estaba a punto de llorar.
-No -respondió con voy estrangulada.
-Verás Otto -comenzó-. Ahora vives en mi casa. Yo soy tu abuela Radegunde, cielo. Soy la mamá de tu padre Reinhard. ¿Tú te acuerdas de tú padre?
El niño no respondió.
-Pues eso -continuó la señora-. Soy tu abuela y te voy a cuidar a partir de ahora, ¿vale?
-¿Dónde está mi mamá? ¡Quiero mi mamá! -dijo comenzando a sollozar. Escondió la cabeza en la almohada tristemente.
-Lo siento cariño, pero tú mamá ya no te va a cuidar, por un tiempo -agregó rápidamente viendo que el gemido triste se iba a acelerar más.
-¿Por qué? -preguntó Otto con la insistencia típica de un niño de tres años.
-Porque no tiene tiempo Otto -aclaró Radegunde agitando la cabeza por tener que mentirle al niño.
-¿Por qué? -replicó insistentemente abriendo bien los ojos.
-Porque no puede.
Otto esconde la cabeza de nuevo en la almohada, inhala y vuelve a preguntar la misma pregunta.
-¡Porque no! -añadió secamente para zanjar ya el tema.
El niño se decepcionó, convencido que no creería nunca más a aquella extraña. Radegunde no tenía ni idea de qué manera le iba a afectar al niño esta situación. Y no tenía ni idea de cómo debían vivir los dos juntos. Pero pensando así que estaba, de igual forma se dio cuenta de que no entendía cómo una madre se podía desatender de tal manera extrema de su propio hijo.
-Comprendo que ya no quiera saber nada de nosotros tras el divorcio –pensó para sus adentros mientras miraba por la ventana-, pero ¿desatenderse también del hijo? No me lo explico.
Miró al niño.
Cuando vemos siempre a las mismas personas, diariamente, terminamos haciendo que formen parte de nuestra vida. Comprendía que Otto estuviera triste. Pero no sabía explicarle de mejor manera el abandono paternal más que diciéndole la verdad. Radegunde creía en la honradez y las cosas bien hechas. En su país no se permite la desobediencia o lo incorrecto. Decidió levantar el ánimo descorriendo las cortinas y dejando entrar el sol de aquella primavera. Dentro de dos meses llegaba el verano, pensó, y todo se vería con mejores ojos. Ah, se dijo a sí misma, recuerda buscarle un colegio aquí cerca para el siguiente curso.
 
 
 
 
 
 
 
“Deja que el niño crezca,
y él dirá quién es su padre”
Refrán español
 
3 de junio, 20 años antes, Ansbach, Alemania
 
-Un bastardo, me la meneaba, en una tienda de campaña. Y como veía, que no podía, fue a buscar a otro bastardo –cantaban los diez niños al unísono en el patio del colegio.
Cercado por varios edificios de color granate, sus dedos señalaban a Otto, sentado en el columpio con la cabeza baja. Se miraba los pies dentro de los zapatos Birkenstock nuevos que le regaló su abuela hace una semana. Movía el dedo gordo concentrado, subiéndolo y bajándolo.
-Un bastardo, me la meneaba, en una tienda de campaña… – comenzaron a cantar de nuevo, cuando fueron interrumpidos por dos niños mayores que se peleaban por una pelota.
-Lárgate de aquí Hans, esa es mi pelota –le gritaba uno al otro.
-¡Yo la cogí! Por ello es mía tonto –le contestó el otro.
Otto aprovechó la confusión para bajarse del columpio de un salto. Giró sobre sus pasos a la derecha y salió corriendo a la zona arbolada, para esconderse bajo las sombras hasta que sonara el timbre de nuevo. Pero el azar quiso que se cruzara con Alicia, una niña tres años más pequeña que estaba sentada en la arena, jugando con un cubo y una pala. Al tropezar con ella, sus piernas fallaron y Otto cayó con la cara en la arena. Rápidamente se dio la vuelta sobre sí mismo, retirándose la arena de la boca con la palma de la mano izquierda. Con la mano derecha, le soltó una bofetada tan sonora a la niña, que la tumbó de lado. Esta, inmediatamente se puso a llorar, agarrándose la mejilla golpeada, alertado al profesor más cercano.
Este se acercó siendo seguido por muchos niños curiosos.
-Otto Jammerman1, ¿qué has hecho?
-La verdad es que no sé qué decir.
-Disculparte sería un buen comienzo Jammerman.
-Ella me pegó antes –mintió.
-¡Eso no es verdad! –alegó la niña, sollozando, irritando al profesor que no sabía a quién debía creer.
Dentro de su habitación, solía sentir miedo. Ahora aquí siendo interrogado por todos los ojos inquisitivos sintió miedo de nuevo. Se sentía como un Don nadie. Deseaba desaparecer. La canción que le cantaban no era una mentira. Y esa certeza le dolía más todavía. Que nos digan la verdad a la cara duele más que cualquier otra cosa.
El profesor optó por la solución más comúnmente usada:
-Se acabó el recreo niños, todo el mundo a clase.
Un gran murmullo bajó las cabezas. Otto se limpió el resto de arena sin prisas. La niña lo miraba con odio. Andando al edificio principal, se le acercó el niño que capitaneaba el grupo que le estuvo cantando la canción. Se le acercó, agarró su oreja con fuerza y le susurró:
-Ten cuidado bastardo, o te estrujaré otra cosa con más fuerza la próxima vez.
 
 
 
 
 
 
 
“El niño regalado,
siempre está enojado”
Refrán español
 
11 de noviembre, 15 años antes, Ansbach,
Alemania
 
Otto ya es un adolescente. Ha sobrevivido al desamor de su madre. Gracias a haber crecido con su abuela, nunca sintió pasión ni respeto por sus padres divorciados y ausentes. Los pobres diablos dejaron de ser padres aún antes de que Otto cumpliera tres años. Para él era normal crecer con la abuela. No así para su abuela. Radegunde está enferma y cansada. Criar a un adolescente con su edad avanzada la agobia sobre manera.
-Si al menos pudiera pagarme la operación para quitarme los dolores -pensó. Radegunde maldijo a su hijo y a su nuera malnacida por no haberle pasado manutención en todos estos años-. Con el trabajo que me supone criar a un niño. Mi final se acerca cada día más -pensó la anciana.
Decidió hacer una llamada a su hijo Reinhard.
-Reinhard hijo, ¿podrías conseguirme el número de teléfono de Adolfine por favor?
-Si claro mamá -dijo obediente.
Reinhard nunca necesita tomar una decisión, pensó Radegunde. Quizás por eso sigue en la misma empresa. La única necesidad que su hijo siente es la de la cerveza. Mientras hubiera un bar abierto entre su trabajo y su casa, él continuaría llevando la misma rutina desde que se separase de Adolfine. Aunque los días fuesen todos iguales, trabajando ocho horas y bebiendo cuatro. Pese a que no se decidiera a acercarse a su hijo ni a buscarse una nueva esposa. Reinhard vivía sin cargas y eso estaba bien así. La sencillez de su vida la ahogaba en los bares. Lo ganado en el trabajo lo gastaba en el trabajo de otros. A su manera colabora al círculo económico alemán.
Al mes siguiente, impulsado por el ansia de conocer que caracteriza esta edad, Otto consiguió contactar con su madre y su nuevo marido, Gustav Schuld2. Se citaron en un café.
No pudieron encontrar lugar más cálido entre las montañas bávaras al sur de Alemania en aquel invierno. El gris del cielo se asemejaba bastante al corazón de su madre, incómoda, esperando sentada sola encima del banco rojo. Se pidió un café con leche caliente mientras se retorcía los anillos dorados de sus manos secas. Al poco rato llegó su hijo.
-Me gustaría vivir contigo madre -comenzó Otto a romper el hielo de la mesa, nada más sentarse-. Te echo de menos. Desearía recuperar los años perdidos mamá -siguió.
Sin embargo, la última palabra no la dijo en voz alta para no mostrar sentimientos ante aquel muro de hielo sentado frente a él. Rogó más minutos, ansiando que su madre le transmitiera la belleza, sensaciones y experiencias de su vida. Un muchacho deseando ser amado.
Su madre Adolfine, muy fríamente le contestó que preguntaría a su marido si ello fuera posible, y se levantó. Extendió la mano derecha al desconocido sentado aún en la mesa, se despidió cordialmente y se marchó.
Tres días pasaron en las que Otto fue muy feliz soñando con un futuro lleno de amor, proyectos y fines de semana familiares. Al tercer día vino la respuesta recorriendo los cables de teléfono de una ciudad a otra, de Ansbach a Leutershausen, apenas a trece kilómetros. Otto escuchó con atención:
-Otto, a Gustav y a mí nos gusta hacer las cosas bien, no es tan difícil -comenzó diciendo su madre al otro lado de la línea.
El corazón de Otto palpitaba a trompicones cómo siempre cuando se excitaba.
-Creemos que lo mejor es que sigas viviendo con tu abuela en Ansbach. Ella te cuida muy bien obviamente, y nosotros ya tenemos nuestras rutinas, nuestras costumbres en casa. No sería bueno para ninguna de las partes. Espero que nos comprendas.
La exclusión sufrida por un muchacho repudiado por su madre consigue borrar toda memoria de buena conducta. Colgó y se fue a recorrer las calles buscando la lejanía. Caminando las aceras, entornó los ojos para no dejar salir la tristeza. Se preparó para dedicarse a sí mismo, lejos de todo orden o buen hacer. Las noches siguientes durante aquel invierno, cuando la mayoría de las farolas de las calles se apagan a las once, conoció a las bandas nocturnas, a sus líderes tatuados y sus alucinógenos. Las bandas tenían una finalidad, y el muchacho igual. Volvió tarde a casa aquella noche. Y las siguientes.
En dos años de recorrido por las aceras del este de la ciudad, ya se conocía todos los bares en los que podía pelearse gratis y ser recompensado con una palmada en el hombro. Y esa se convirtió en la gran razón de su vida: conseguir la admiración de los demás.
Los cambios son normales y saludables para un niño que va para hombre. Con entusiasmo, esfuerzo, conocimientos y muchas horas desvelado, se anticipaba y respondía siendo capaz de convertir una amenaza en una oportunidad. Podría haber sido muy exitoso. Lamentablemente los valores de Otto no fueron capaces de planificar, organizar, dirigir y controlar las actividades de su empresa, de sí mismo. No tuvo la intención ¡real! de ganar. Dentro de sí, le faltaba el empuje final. Sobre todo era incapaz de liderar el proceso dinámico de visión, creación, cambio o dormir tranquilo sin medicamentos. Y es que Otto dudaba demasiado y era incapaz de inspirarse a sí mismo a alcanzar las metas. Se perdía en preguntas.
-¿Oh, cómo voy a hacer eso? ¿Oh, cómo voy a dormir? ¿A dónde me voy hoy? ¿Qué haré?
Comenzó a detestar esa voz en su cabeza. De niño no nos percatamos de ella, pero, ay, en la adolescencia, tomamos conciencia de ella a pasos agigantados. Y es tan rara. Y es tan contradictoria.
-¿No habrá un método para escapar de ella? –se preguntaba a menudo, en vez de tratar de comprenderla.
Con esa propensión por hallar una salida rápida a los problemas, hizo del escapismo un hábito.
La noche le mostró el arte de esconderse. Correr entre las calles peatonales e iglesias, beber entre el barrio residencial del este de la ciudad y la zona de la estación de trenes, orinar entre los coches y las farolas… La calle era su nuevo patio de juegos. Se amoldó a la creciente expansión de su ciudad, sin perder en ello su afán por conocer y descubrir. El circulo vicioso de temor ante lo que los demás puedan llegar a juzgar o evaluar le impedía dar la talla, por lo que se debatía interiormente sin encontrar paz. Su positivismo le sacó de la exclusión social y era contagioso con sus compañeros en contraposición al negro constante dentro de su corazón. Otto era versátil y le encantaba la aventura y lo desconocido. Fue la primera vez que comenzó a trabajar su labia, un rasgo que caracteriza sobre todo a los grandes líderes. El arte de vender y el poder de persuasión se volvieron necesarios a lo largo de los próximos años para ganarse a las personas, bien fuera para pedir permiso en casa o llegar a sus drogas.
Pero eso ocurriría más adelante.
La música electrónica le atrajo en los próximos meses como la miel a la abeja. Ahmed, diez años mayor y dueño de varios clubs, le enseñó los discos de vinilo que tenía. Invirtieron tiempo en la búsqueda de rarezas en los mercadillos de segunda mano. Otto se sentía privilegiado de disfrutar de todas las posibilidades que le ofrecía Ahmed, incluidos sus trucos musicales:
-Para comenzar, deberías de ser persistente en lo que quieres realmente. Para ser un DJ de verdad, hay que entender que la clave del éxito depende solamente de ti Otto ¿entiendes? -le decía Ahmed en confianza.
Otto se acercaba a la mesa de mezclas con sus dedos inexpertos.
-Practica sosteniendo el disco sobre el slipmat3 deslizante mientras el plato gira bajo él.
Otto aprendía rápido cuando algo le gustaba. Escuchaba atentamente las instrucciones de su mentor.
-Practica el inicio y la parada manual del disco, permitiendo que el plato siga girando bajo él ¿entiendes?
Horas y horas se pasaban los dos parados conociéndose el uno al otro. Físicamente no podían parecerse más, excepto por el color de piel.
Ahmed era moreno de piel, dando alarde de su descendencia mora. El pelo castaño era abundante y corto. De cuello ancho y hombros separados, se decoraba el escote con joyas de oro de todos los tamaños. El ídolo de ambos era el gran futbolista Maradona. Y como él, su barriga no era lo único que se propusieron imitar.
Una vez que Ahmed le aclaró lo más importante para comenzar a ser un DJ y comenzara a practicar las mezclas, le enseñó un pequeño glosario de trucos y los pasos necesarios para hacer los cambios perfectos.
-Pre-escucha atentamente Otto con los audífonos la canción que te voy a poner ¿sí? -decía con entusiasmo.
Otto hizo caso agarrando el objeto que le era ofrecido.
-Intenta escoger un track4 con un bpm5 similar al que está sonando y una tonalidad parecida para cambiar de una canción a otra ¿entiendes? -le decía y éste se ponía con ganas.
-No seas tan brusco Otto -le reprimía Ahmed-.Tranquilo con el cambio. 
Otto disfrutaba con la enseñanza más de lo que quería asumir. Estudiante mediocre desde los doce años, recordó que antes sí le gustaba el colegio. Incluso Herr6 Steinreich le gustaba mucho con sus clases de manualidades y sus proyectos de barro. Para hacer música usaba casi los cinco sentidos. No estaba seguro si era capaz de funcionar ante tantas incertidumbres. No tenía miedo de asumir riesgos, o eso creía, ya que se veía obligado a tomar decisiones difíciles ante situaciones muy complicadas. Ahmed, su coach en el mundo de las drogas, solía decirle años más tarde:
-Si eres de esas personas que te paralizas cuando hay demasiados cargueros y contingencias en movimiento, probablemente el ser dueño de tu propio negocio no sea para ti, ya que para un capo de la droga, así como para un hombre de negocios, esa es su función en el día a día.
Pero esos días aún no habían llegado.
-Ahora te explico por qué necesitas tener canciones remixeadas. Estate atento a lo que te voy a contar. En primer lugar un remix es un tema que posee una base o ritmo, incluso puedes tener esa canción con diferente ritmo a la original ¿entiendes? Te darás cuenta que los remixes empiezan sonando la base y después la canción -explicaba Ahmed pacientemente-. Debes saber que cada género musical tiene diferente base antes de empezar la canción ¿entiendes?, por ejemplo el pop tiene ocho golpes, la electrónica puede tener dieciséis golpes dependiendo de la edición actual -continuó Ahmed antes de esnifar otra raya de cocaína para proseguir-. Como artista conceptual debes buscar constantemente maneras creativas para iniciar un remix difícil ¿entiendes?
Otto entendía.
Su veneración por aquel hombre exótico no le hizo vacilar para tomar el rollo metálico que le era ofrecido, ya que de alguna manera tenía la sensación de dispararse a sí mismo. Su frente lechosa manifestaba el acto en cada perla de sudor. La casa de Ahmed le creaba un espacio seguro para este tipo de intercambios honestos.
-Cada género musical se diferencia por medio de los bpms. Por ejemplo, la música pop suele tener unos cien a ciento seis bpm, el house ciento veinte a ciento veintiocho bpm, la electrónica ciento treinta a ciento treinta tres bpm, rock ciento cincuenta a ciento sesenta bpm. Dependiendo de cómo está hecho el remix ¿entiendes? Poco a poco te darás cuenta a la hora de contar los golpes y luego sabrás cuando mezclar, con la práctica y con mucha paciencia lograrás ser un buen DJ ¿sí? -prosiguió, sacando el paquete de tabaco y ofreciéndole un cigarrillo mientras un grupo de muchachos y muchachas vestidos de negro entraba por la puerta con dos cajas de cerveza y hablando fuerte.
Otto suele creer en la ética y le gusta seguir los ritos de la banda como otro seguiría los ritos de un partido político o de una organización.
-Puedes subir o bajar la velocidad a tu gusto, aquí Otto -le reprimió Ahmed que veía que su pupilo se perdía en miradas-. La base de todo es: aprende a escuchar ¿entiendes? Y presta atención a los detalles con tu oído, que para eso los tienes grandes. Deja por una vez el sentido de la vista en segundo plano niño. El vinilo, sus frecuencias y vibraciones, la cápsula fonocaptora y todo lo demás. Valorarás más entonces el sonido del desplazamiento de la aguja.
Así estuvieron, aguja, aguja, aguja, durante todas las noches, hasta que finalmente tuvieron la impresión de fundirse en el tiempo.
Hubo otra sustancia, muy singular, que apareció en el curso de esos años, pero que juzgo muy difícil de describir adecuadamente puesto que nunca le presté mucha atención a los relatos sobre estos potingues. Basta describir que este muchacho tenía la mente abierta para nuevas ideas y experiencias, y mantenía una actitud optimista incluso cuando las cosas se le ponían difíciles, como demostró en la noche de pentecostés.
 
 
 
 
 
 
 
“Bonito era el diablo
cuando niño”
Refrán español
 
26 de mayo, 14 años antes, noche de pentecostés,
Ansbach, Alemania
 
Hacía frío.
El muchacho ya tiene diecisiete años.
Su disposición como menor de edad aún no le permite entrar a muchos clubs y discotecas, mucho menos pinchar en ellos. Pero Ahmed ha conseguido ponerle en contacto con el dueño de varios club, Herr Davidson, quién le podrá permitir pinchar en uno de sus clubs la citada noche para demostrar si vale o no para ello.
Ahmed es intuitivo con Otto. Sabe que éste hará todo cuanto le pida, puesto que ya se ha dado cuenta con los meses, que peca de impaciencia cuando los demás no van al mismo paso que él. El grueso del rebaño no avanzaba ni retrocedía. Pero el chico sin padres, sin atemorizarse en lo más leve, plagiaba coherentemente la mayoría de los atributos de forma muy conseguida. Podría convertirse en un buen caballo de Troya pues tenía algo de semejante.
La única cosa que une a todos los seres humanos, sin importar edad, raza, sexo, religión o estatus económico, es que, muy profundamente, todos creemos que somos mejores que el resto.
La firma de un familiar custodioso era de todas formas imprescindible para trabajar de noche. De esto no se podía encargar la abuela, por lo que Otto recurrió de nuevo a la madre ausente. Otto obligó a su madre a enfrentarse con su pasado reciente al dejar al descubierto con el papel a firmar que a juicio de temas legales aún seguía siendo la madre, si bien faltaran pocos meses para su dieciocho cumpleaños.
Pocas horas antes de su actuación, Adolfine aceptó conducir a su hijo irreconocible (se había rapado casi toda la cabeza, teñido una coleta de fucsia y tatuado un payaso feo en el gemelo derecho) vestido de cuero negro al club KHM en su Mercedes Benz Clase E limpio y nuevo. La rebeldía que emanaba Otto fue comparable a la osadía excesiva que emana Adolfine.
No intercambiaron ni una palabra en todo el trayecto. Más aquella noche en particular sucedió algo que ninguno de los dos supieron explicarse después.
-¿No te da vergüenza ir así vestido? -le espetó Adolfine Schuld al llegar al lugar.
-¿No te da vergüenza no amar a tu hijo? -contestó Otto secamente. Diciendo esto, agarró el maletín de vinilos, cerró la puerta del Mercedes Benz con un golpe y se encaminó a la puerta trasera del club sin mirar atrás.
-No sé qué quiere de mí esa mujer -pensó mientras se encendió un cigarrillo-. No espero nada de esa mujer. ¡Qué ganas tengo de cumplir años, cojones! -se dijo al tocar la puerta metálica con el puño. Su amigo le abrió. Al penetrar la oscuridad del antiguo bunker nazi reconvertido en club, dejó de ser un niño.
 
 
 
 
 
 
 
“Educa al niño de pequeño,
para que de mayor
sea tu compañero”
Refrán español
 
1 de octubre, 13 años antes, München, Alemania
 
-¿Quieres una puta? Yo te daré una –soltó Ahmed ronco en la madrugada del domingo.
Salían de un club, después de haber estado allí toda la noche de fiesta, con los mejores DJ´s de la zona. El éxito había que celebrarlo.
-Te daré la mejor diosa que jamás hayas visto. Tiene las piernas doradas y lisas cómo el lago, y los pechos más redondos que la colina del norte. Verás cómo te satisface todos los deseos –confirmó mientras se montaba en un taxi.
Ya en el prostíbulo, las dos diosas le esperaban en la cama, completamente desnudas, y el pelo suelto. El calor que desprendían sus cuerpos sólo era comparable con el de las velas. Magníficamente dispuestas, la escena era digna de una celebración. Lamentablemente, Otto había tomado demasiado alcohol y estupefacientes para apreciar la sutilidad de las dos mujeres.
-Ven guapo, acércate –dijo una de ellas-. No te vamos a morder.
Sus amigos soltaron una carcajada desde la puerta antes de salir del cuarto y cerrar tras de sí. Los ojos de Otto se movían rápidos por el efecto de la droga, y la frente sudaba soltando perlas que brillaban.
Una de las chicas se levantó lentamente de la cama, y se acercó cómo Dios la trajo al mundo al muchacho. Le cogió una mano, y se la acercó al pecho derecho. Gimió mirándole directamente a los ojos. Otto nunca había tocado unos pechos de mujer en su vida. Su inexperiencia era obvia. Su cuerpo comenzó a sudar del mismo modo.
-Vamos cariño, nosotras nos ocuparemos de todo –dijo la pelirroja, acercándolo a la cama-. Siéntate -le ordenó en un susurro. Dócilmente se acomodó en la cama, sujetando todavía la botella de cerveza. Ésta se la quitó de la mano y comenzó a desabotonarle la camisa, mientras la rubia le quitaba la chaqueta desde atrás. Su tórax estaba tieso, al contrario que su verga. Pero a las chicas parecía no importarles. Sus manos expertas le quitaron toda la ropa, y le subieron a la cama tumbándolo en el medio de ellas.
-Vamos a ver cómo nos ocupamos del muchacho –le dijo una a la otra. Cuatro manos recorrieron su cuerpo, deteniéndose una de ellas dónde era más necesaria. La pelirroja le mordía los pezones, y la rubia le calentaba por abajo. Tras dos minutos, digno de su juventud, el muchacho palideció al correrse tan rápidamente, esparciendo el esperma sobre su barriga. Las mujeres se rieron sin ánimo de ofender, pero Otto se levantó de un salto de la cama, y se puso el pantalón.
-¡De mí no se ríe nadie! –bramó.
-Pero no te enfades –contestó la rubia con una sonrisa sincera-, no es necesario que te marches ya. Tus amigos han pagado por toda la noche, y aún tenemos ganas de ti.
-De mí no se ríe nadie –soltó de nuevo, poniéndose la camisa. Recogió el resto de sus cosas y abrió la puerta con tanta fuerza que rebotó en la pared y se cerró tras él de nuevo.
Las dos mujeres comenzaron a reírse otra vez.
Otto aún las oía.
 
 
 
 
 
 
 
“No te rindas, aún estás a tiempo
de escapar y comenzar de nuevo,
acepta tus sombras,
entierra tus miedos …
Abre las puertas,
quita los cerrojos,
vive la vida y acepta el reto.”
Mario Benedetti, escritor uruguayo
 
11 de noviembre, 13 años antes. Ansbach, Alemania
 
Un coche negro está aparcado delante de un recinto vallado a las afueras de la ciudad.
Es noche cerrada.
Los camiones aparcados están vacíos, como las fábricas, cómo la calle. La única iluminación la brindan las escasas farolas de la carretera secundaria.
El coche tiene el motor apagado.
Otto está plantado fuera, fumando cerca del maletero hablando con una mujer rubia. Se acerca a su cara, la mira directamente a los ojos:
-No te pienso pagar –dice con asco tirándole el humo.
Sin tenerlas todas consigo, la mujer se mantiene erguida.
-¿Cómo que no, hijo de puta?
-Hoy es mi cumpleaños, no tengo ganas de pagarte, puta –dice, sin mirarla siguiera. Chupa la última calada del cigarrillo y lo tira al suelo. Admira como su bota negra lo pisa con fuerza.
-He hecho mi trabajo, págame Говно7, o se lo diré a tu madre -le gritó la mujer.
-¡Lárgate, puta! –exclama y se encamina al lado izquierdo del coche, para subirse e irse.
La mujer pone los brazos en jarras y mira al cielo. Suspira.
-¿No vas a pagarme? ¿Seguro? Vale, muy bien. Espérate ahí –le suelta subiendo mucho el mentón. Se da la vuelta y sale andando para avisar a su chulo del cliente moroso. Otto no se sube al coche ante aquella amenaza. Saca la pierna de nuevo que procedía a acomodarse en el asiento, cierra la puerta de un golpe y rodea el coche. Tal es la rabia que asciende en sus sienes ante aquella provocación que la sigue.
-¿Qué es lo que te pasa, niñato? –le grita la mujer mientras sigue andando.
Otto no contesta.
La mujer se queda parada y se lo vuelve a preguntar en tono desafiante. Grave fallo. Él aprovecha y la alcanza. La empuja en el pecho con una mano formando un puño con la otra. Este se lo arremete en el cuello, mientras la pierna derecha golpea la espinilla de la mujer, haciéndola ceder. Las dos piernas pierden el equilibrio y la mujer cae con el mentón en el asfalto.
-¡Ah!
Esparcida en la carretera logra levantarse lentamente mientras Otto vuelve andando a su coche sin girarse.
-¡Titzian! -grita la mujer, tratando de ponerse en orden.
-¡Titzian, socorro! –vuelve a gritar el nombre de su proxeneta un par de veces más.
El joven nada pueril arranca el coche y da marcha atrás. La mujer coge una piedra del borde de la carretera y mira a su cliente con desprecio. Cuando el coche puso primera y pasó por su lado, le tiró la piedra a la ventanilla, abriendo una brecha de diez centímetros. Otto se para en seco al darse cuenta, pone el freno de mano y sale del coche, dispuesto a enseñarle a aquella su poderío.
-¡Socorro! ¡Policía! –grita la mujer sin extenuarse, mientras intenta memorizar la matrícula del coche.
-¡Policía! ¡Policía! –va gritando.
Estremecida corre siguiendo la carretera en dirección contraria al coche. Los tacones le duelen, pero tiene más miedo que dolor. Tras unos veinte metros se gira, y ya no ve al hombre ni al coche. Suspira y se para. Se apoya en el muro de una fábrica para reponerse del susto.
-Ya está nena, ya pasó –se habla a sí misma en cuanto se hubo repuesto-. Maldito niñato de mierda –suelta, antes de sacar el espejo de mano del bolso.
Se vuelve a pintar los labios, se recoloca el flequillo y la falda. Lo guarda y comienza a andar. La noche aún es joven, aún debe satisfacer a tres clientes o no podrá pagar a quien la trajo a aquel país.
-Maldito trabajo de mierda –se queja, pero no tiene elección.
Se le podía meter en la cabeza la idea de fugarse. Mas, primero, le convendría un plan. Crear una vida de la que no necesite vacaciones. Enfrentar el mundo con valentía y saber que vive sus sueños. Es una esclava en la civilizada Alemania, comprada por alemanes bávaros a los que debe pagar los tributos cómo si estuviéramos en la época romana. Su abuela fue prima de los Zar, pero tras la guerra perdieron todas sus tierras y títulos. Su madre se vio obligada a aprender a cocinar tras la muerte de su padre, para poder alimentar a los ocho hijos. Uno tras otro fueron muriendo o desapareciendo para irse a buscar la vida a Moscú o a Praga. No sabía si estaban vivos aún, los que lo habían estado ocho años atrás, o habían corrido menos suerte que ella.
-La guerra cambia a las personas, y el hambre también –pensó al doblar la esquina.
 
 
 
 
 
 
 
“El estudio es para el niño,
lo que la tierra para el cultivo”
Refrán español
 
12 de enero, 13 años antes, Erlangen, Alemania
 
Hay un momento en el que debes dejar de esperar que tu cumpleaños sea algo relevante para el resto de la gente. Ese momento es cuando has cumplido dieciocho años de edad y la policía te despierta golpeando el cristal de tu recién adquirido coche con los nudillos insistentemente. Otto parpadeó y trató de enfocar la mirada a la situación. ¿Dónde estaba? Miró a su lado. La gorra de lana negra de Ahmed estaba en el suelo. Dos agentes de la Bundespolizei8 le miran entrenados insistiéndole a abrir. Se rascó la cabeza afeitada, después los ojos. A continuación, juntó su genio y abrió la puerta bostezando con la intención de sacrificarse por su amigo. En vez de alarmarse con ese pensamiento, lo celebró saliendo sonriendo del coche. Deseaba ser fiable para su amigo pasara lo que pasara. Sabía que luego le pagaría justamente de vuelta.
-Buenos días. Venimos a hacerle un control.
-Buenos días agentes, que tempraneros que sois. ¿Os ha despertado vuestra madre? –dijo afianzando su desprecio por la autoridad.
-Ponga las manos dónde podamos verlas por favor –le insistió un agente, cuando Otto intentaba sacarse el paquete de tabaco del bolsillo de la chaqueta.
-No se preocupe, no pienso tocarle -le contestó con su media sonrisa.
La prueba fue positiva, y su arrogancia confirmó lo que escondía en el interior del vehículo.
Fue trasladado a la dependencia policial y puesto a consideración del Ministerio Federal del Interior. Sustrajeron del interior de su Peugeot 504, ochocientos cincuenta y cuatro gramos de cannabis, un porro en el cenicero a medio consumir y las llaves puestas en el contacto. Alemania se sumó hace años a la carrera regular por controlar las sustancias ilegales, sobre todo del cannabis, permitiendo únicamente el límite más bajo que se pueda imaginar de 1ng/ml de THC9 en la sangre. Por ello, según el informe policial, Otto “fue detenido fumando mientras conducía” lo que decreta que Otto fumaba regularmente. El recién sacado carnet de conducir quedó retirado en ese mismo parking durante un año. Su prohibición de conducir terminaría cuando hiciera una prueba de detección de drogas mensual durante un año y otra prueba de abstinencia en forma de muestras de orina o pelo. El registro domiciliario fue puesto en marcha de inmediato al descubrir la cantidad de cannabis escondida en el coche.
-Pobre Radegunde -pensó Otto en su celda visualizando el registro.
Cansada de la conducta de su hijo, Adolfine se negó a recibirlo al día siguiente cuando la policía se lo quiso entregar para llevarlo a casa. Por lo que quedó alojado en prisión provisional durante tres semanas. Primer delito, primera libertad condicional.
La siguiente etapa de su periplo le pilló con las defensas estrechamente bajas, herido por la vergüenza que le hizo pasar a la inigualable mujer que le abrazó jamás. El miedo al fracaso le añadió además picante a la resaca carcelera.
Debido a la creciente necesidad por recuperar al muchacho, Radegunde lo enroló en una Ausbildung10 en la ferretería OBI al lado de casa. Podría ir andando. Ahmed le dio cinco mil marcos11 y una palmada en la espalda.
-Te dije que te recompensaría con creces.
Le advirtió:
-Estate tranquilo un tiempo –apoyando a su amigo azogado.
El mundo de la carpintería le hizo abstenerse un rato de las salidas nocturnas. Pronto aprendió el vocabulario del taller, la comunicación con los clientes, hablar de beneficio y ahorro, publicidad, promociones, material, y demás. No le resultó difícil, puesto que era un orador nato. Poder usar las manos además le emocionó al cortar los tableros, las encimeras y los azulejos. Hubo cajones llenos y charlas interminables con los clientes. Su abuela no salía de su asombro:
-Esta transformación es lo más increíble que he visto en mi vida.
Otto no estaba acostumbrado a que las personas atendieran sus explicaciones sobre temas banales como la encimera de una cocina, y aún menos a dejarse pagar por su labia.
A veces lo mejor a hacer, es ser.
-No escatimes en el marco –rebatió una tarde junto a su compañero-. Es mi regalo a la mujer más encantadora del mundo.
Es lógico. Ella es la mejor, la exclusiva. Ella, aunque en el fondo detesta levantarse temprano.
Así de caprichoso crecía este hijo de una pecadora que no amaba a su hijo.
-¿Por qué se comportaba así? –preguntó el lector avispado.
No lo sé. Tal vez porque tenía miedo y el hecho de que le escucharan le infundía coraje.
 
 
 
 
 
 
 
 
“Cara de melocotón,
de niño y no de hombrón”
Refrán español
 
14 de febrero, 12 años antes, Ansbach,
Alemania
 
Un año pasó.
Déjame explicarte lo que pasó entonces.
Radegunde murió tras una corta lucha contra su enfermedad en el hospital y dejó al final al niño sin querer. Antes de morir le susurró:
-Antes de tú muerte, alguien te amará. Mañana tendrás a tu reina que te matriculará tus sueños.
La preparación del entierro volvió a juntar a Adolfine Schuld, Reinhard Jammerman y apenas una decena de familiares. Plantados todos en el salón de la difunta, con sus tazas de café debaten qué hacer con la casa sin ponerse de acuerdo. Solamente una cosa comprendieron todos instintivamente. Y era que este muchacho era diferente, se tiñe una coleta de rosa, se rapa el resto de la cabeza, se agujerea las orejas creando túneles, se contonea con tipos raros con las mismas ropas diferentes de los demás ciudadanos, … se niegan a soportarle más. Se niegan a que se quede en la casa de la abuela. Deciden ponerla en venta, echando al muchacho a la calle. Su responsabilidad con ese muchacho terminará allí murmuran, puesto que Otto ya es mayor de edad. Adolfine y Reinhard tuvieron la misma decisión. Comenzaron decidiendo que el patrón de comportamiento de su hijo no lo iban a considerar más. Sobre todo ella. Adolfine se negaba a ser una víctima voluntaria del comportamiento de su hijo que no funcionaba con ella, no quedaba bien en su vida perfecta, en su casa perfecta, en su barrio perfecto. Otto era considerado un inconveniente temporal a sacar de esa casa, para poder venderla y quedarse con el beneficio monetario. Para Adolfine, que había pasado hambre por las consecuencias de la segunda guerra mundial, este beneficio era lo más que se podía permitir. Aceptando su decisión, Reinhard comenzó a organizar el vaciado de la casa al día siguiente.
 
 
 
 
 
 
 
“El humor es la cara civilizada
de la desesperación”
Boris Vian, escritor francés
 
15 de febrero, 12 años antes, Ansbach, Alemania
 
El problema de aquella mañana, entre otros, es que Otto no tiene sitio a donde regresar. Debe abandonar la casa que le ha cobijado toda su vida casi con lo puesto. Confuso por la muerte de su abuela, única mujer que le amó, no sabe ni siquiera qué llevarse, a dónde ir. Llora. Llora mucho. Echa tanto de menos las manos arrugadas que lamenta no haber apreciado más sus caricias. Duda, recordando todo lo que pasaron juntos.
-¿Por qué me dejaste, oma12? ¿Por qué me abandonaste? -gime solo en su habitación-. Cien veces te dije adiós, oma, pero yo volvía cien veces. ¿A dónde vuelvo ahora? -grita con los ojos hundidos de miedo.
El silencio de la habitación le devuelve el eco. No le queda nadie.
Nadie.
Pisoteado.
Hundido.
El amor lo defraudó de nuevo.
Hay a veces en la vida que las cosas no salen como uno piensa. ¿Por qué? No sé porque. Simplemente se llama vida. Es la ley de Murphy.
Estaba deseando ser mayor, para poder deshacer el nudo que le ataba a la niñez.
Su autoexilio le empujó a refugiarse en casa de Theo en Leutershausen unas noches, un compañero de la ferretería, y otras noches en casa de Ahmed, en Ansbach. Theo escucha sus ronquidos entre semana y le lleva en su coche, Ahmed le divierte los fines de semana.
Los dos meses que siguieron, el temor de conciliar el sueño se manchó con la sensación de ir cargado con un menhir. No sabría explicarte si era por su naturaleza de fumar mucho o no, pero relató que en ocasiones le faltaba la respiración y el estómago se convertía en un desagradable vértigo. Paseaba su agotamiento por el día reforzando su declaración de falta de libertad.
Tan íntimo era el vacío frágil que avanzaba dentro de él que se trató de forma verdaderamente indignante.
Los meses pasaron. Los árboles se cargan gradualmente de hojas verdes prediciendo la llegada de la primavera. Alemania explota bajo la atenta mirada del sol en un increíble accidente de renacimiento natural. Las ardillas escalan y corretean entre los coches buscando repletar su inventario. Los crocus aumentan en la tierra todavía seca en los jardines de las casas unifamiliares. No son acciones en un momento dado. Las floristerías engalanan sus portales con nuevos aromas traídos de los países vecinos, y es habitual tropezar con personas cargando macetas y tiestos. Los pájaros vuelven de sus exilios animando las mañanas con sus cantos alegres. Las calles llenas de Leutershausen y Ansbach son el reflejo inverso de la vacante que quedó en su corazón, extremadamente aguda en sus horas de soledad.
Aquel hombre, al que la vida tanto impresionaba e intimidaba tiempo atrás se convirtió tras la última visita a un cementerio en una especie de pajarillo disperso. Confuso por los cambios de cama, no sabe ni dónde tiene qué pantalón, ni cómo acabó en esta cama anoche. Confuso por la muerte de su abuela, única mujer que le amó, se vuelve más caprichoso. Su moral le ayuda a contar cuentos para tapar la poesía triste de su infancia. La ausencia de padres a los que referirse, le permite inventarse su pasado a sus anchas. Theo está fascinado.
Las hojas de los árboles amarillan. Otto y Theo contemplan el atardecer sentados en el Biergarten13 del pueblo, mientras contemplan a las chicas bañándose en el río. Otto habla sobre lo último que vio en televisión.
-Ni te lo imaginas, tío. Cuando salí de aquel after14, de aquel callejón, me topé de lleno allí con una marcha fúnebre orquestada por la Diosa de las Perlas, en la que la muchedumbre cantaba a viva voz mierdas que yo no entendía. ¡No cabía ni un alfiler, tío! ¡Y yo con toda la fiesta encima, todo puesto, alter15! Pues no veas…
-¿Y qué hiciste, tío?
Así despertaba el interés en sus oyentes. Combinaba los polos de la antigüedad con su mímica cara para avivar los relatos. Con la anfetaminas no requería dormir mucho. Nadie le mandaba acostarse, comer con un horario establecido o lavar la ropa. La televisión era su escuela. ¡Y la veía mucho! Desarrolló un apetito por los programas nocturnos de cocina y adivinanzas, Das Brot o el cocinero Anthony Bordain. Mencionaba luego de día los países asiáticos y sus costumbres como si hubiera estado allí.
El tiempo le aprenderá a vivir sin amor contando cuentos.
La entrada al invierno lo pasó sólo en la casa de Ahmed. Éste le dejó su piso por pasar el invierno en su país mediterráneo.
El día de nochebuena se lo pasó durmiendo. Cuando se despertó con hambre decidió echar una ojeada a la nevera. Vacía. Acostumbrado a la soledad, decide ir a cenar. Se enfila las botas negras, la chaqueta y el tabaco. Fuera caen copos de nieve. Se sube el cuello de la chaqueta, agacha la cabeza y enfila sus pies al Biergarten. En la puerta lo recibe el mesonero fumando.
-¡Ya no aceptamos clientes amigo! Hoy sólo tuvimos reservas.
Otto se topó con esta respuesta en los restaurantes que siguieron sus pasos en este lado de la acera. Al final de la calle le llamaban las luces rojas de los farolillos de un restaurante chino. Miró adentro. Vacío. Genial. Allí cenó su cena de nochebuena, con todo el personal pendiente de él. Los chinos no celebran nochebuena como los cristianos, por ello se alegraron aquella noche tanto del inesperado cliente. No se dieron cuenta que al otro lado de la barra, un corazón se endureció otro poco más. Poco faltaba para que se convirtiera en una piedra.
 
 
 
 
 
 
 
“Confesar a monjas,
espulgar a perros
y predicar a niños,
tiempo perdido”
Refrán español
 
23 de septiembre, 11 años antes, Leutershausen,
Alemania.
 
¡Increíble! Te voy a contar por qué fue increíble. El problema de aquella mañana, entre otros, fue que Otto no ha dormido mucho. Llegó tarde con las narices llenas de una anfetamina llamada Speed, incapaz de dormirse, por lo que se tomó dos somníferos. Con ello se despertó aturdido. Recuerda que Theo se fue al sur a hacer las pruebas físicas para entrar en la Bundeswehr16. Otto suspiró.
-No sé a qué esperar -pensó mientras se incorporaba en la cama para encenderse un cigarrillo.
Las uñas están sucias, los dedos índice y medio tienen las cimas quemadas, y las manos aparecen inconfortablemente agotadas.
Ya lleva varias semanas de baja por dolores de espalda.
Se dio cuenta en su complejo de inferioridad que estaba en casa de Theo.
Volvió a pasarse la mano por su cabeza para desconectar.
-Debería afeitarme la cabeza de nuevo -se ordenó a sí mismo. Aún estuvo ahí sentado fumando cuando sonó el timbre.
-Mierda -pensó-. Tengo resaca, déjenme en paz quien quiera que sea.
El timbre volvió a sonar. Insistente. Con quejas desmesuradas, como él mismo constató, se puso de pie y llegó tambaleante al salón. ¿Esperaba a alguien? La mirada en la mirilla de la puerta le pegó como un puñetazo en su cabeza aturdida. ¡Era su madre! Se tambaleó para atrás y se volvió a pasar la mano de delante a atrás por la cabeza con tres centímetros de pelo moreno. Su lengua dormía ahora mismo tumbada sobre el fondo del agujero oscuro de su boca incapaz de articular palabra. Al abrir, su madre le miró escéptica.
-Mira, Lisa, éste es mi hijo. ¿Lo ves cómo te dije? No hace nada con su vida, aquí está, seguro que estaba durmiendo -dijo entrando sin ser invitada.
Lisa Laude era una especialista de la organización Alcohólicos Anónimos, traída para arreglar lo obvio. Sentadas en el sofá han venido para educar al muchacho que abandonó corriendo el cementerio. Han venido a motivarle para acudir al centro de rehabilitación. Pero, ¿qué le importa a esa malamadre este muchacho? Verás, la polución mental de Adolfine la obligó a dar ese paso porque ella esperaba quitárselo de su vecindario. Su hijo es diferente, y no parece dispuesto a convertirse en un ciudadano decente como su Gustav. Él si es un hombre decente, al menos para ella. A su lado Adolfine se siente reconocida, no por su propio triunfo, sino por el estatus social alcanzado por su Gustav. Tomando la responsabilidad, Gustav accedió a darle dinero para alquilarle un piso al hijo bochornoso de su mujer en la ciudad de Ansbach, a varios kilómetros de su casa. Pensaron que con el dinero tendrían el poder de convencer al muchacho.
¿Y qué piensa Otto de todo esto? Se preguntaba hasta cuándo duraría la charla, cansado de tanto esperar a que se marcharan. Los hombres adictos tienen una clara mentalidad oportunista y siempre están alerta para sacar beneficio de una situación monetaria. Es cierto que muchas oportunidades están para todo el mundo, pero sólo unos pocos están alerta para aprovecharlas. Cuando eso ocurre, a los que les rodean, la llaman suerte o “estar en el sitio idóneo en el momento adecuado” y les beneficia. Ellos, como Otto, simplemente lo llaman aprovechar las oportunidades. Otto no iba a aprender de sus errores. No iba a dejar sus adicciones para ir a unas charlas inútiles. Otto no siente ningún respeto por su madre, sólo por sí mismo, o eso es lo que cree. Su actitud destructiva, llenando su cuerpo de basura, demuestra sus estándares, demuestra al nivel al que se considera. Los principios por los que se rige son visibles para todo aquel que le mira. Y como la mayoría de las personas holgazanes, que no exploran su vida, que consideran que tiene una condición de víctima, que lo que son es por la culpa de los demás, considera que él es el resultado de sus circunstancias, que lo han hecho otros, que él no tiene culpa. Tan seguro estaba como que dos y dos son cuatro. Abraza su propia locura, para peor.
 Pero no para los demás. Ni para Adolfine ni para Frau17 Laude. Para ellas su cuerpo y actitud reflejaba claramente su propia actitud, su propio amor a sí mismo, o, más bien, su falta. Frau Laude reconoce estas personas enseguida: llenan los agujeros insatisfechos de su vida con basura: alcohol, drogas, preocupaciones, actitud autodestructiva, excusas, culpar a otros… Otto se abusa a sí mismo. Se iba convirtiendo en su propio enemigo por su propio sabotaje.
Aunque suene a tópico conforme vamos avanzando, Otto buscaba culpables. Asumir su culpa y aprender la lección no se encontraba al final del día en su audacia. Sobre todo, no se iba a poner a reconocer sus errores y ponerse al servicio de esa mujer ajena. Tampoco tenía la cabeza hoy para ello. Pero es un pensador, y la mente de Otto siempre está pensando, incluso cuando no está lucido.
Esa mañana el diálogo en su cabeza era mínimo, pero se levantó y reconoció la oportunidad que se le estaba diciendo desde el sofá. Automáticamente se despertó a hacer la declaración jurada de cumplirlo. Le daba igual como lo llevaría a cabo. No se iba a desintoxicar de su madre si le iba a dar una mano tan repleta de billetes y pagarle el alquiler de un piso propio. Así los dos bandos zanjaron el acuerdo y se separaron de nuevo.
De alguna manera logró seguir las instrucciones durante dos meses. Luego lo dejó, pero ya se había instalado en su piso, con sus muebles nuevos y su televisor de pantalla plana Loewe. ¡Estaba encantado! Otto no era dejado para seguir las instrucciones dadas por su madre, simplemente tenía otras metas ahora entre manos, otras metas a seguir, metas que le podían cambiar la vida. Que le pueden traer mucho dinero.
Ahmed había vuelto de su país, y le había prometido el oro y el moro, valga la redundancia, con el transporte de drogas. Desde su país podría traer cargamentos importantes y distribuirlos aquí. Para lo último requería de un predicador y su amigo era el charlatán ideal.
Y Otto no iba a dejar escapar esta oportunidad. Su mente despierta tiene olfato para visualizar un negocio lucrativo, donde la mayoría de las personas sólo ven caos, contradicciones, dificultades o incluso amenazas. Es por esto que si quieres ser un dealer, es decir un camello exitoso, o un empresario, debes estar informado permanentemente sobre las novedades y cambios en tu sector y tener la curiosidad suficiente para conocer e investigar el entorno y a tus clientes. Quizás en sus prácticas en la ferretería, lo de ser un buen comunicador no estuvo lo suficientemente valorado. Pero sus “prácticas” bajo la tutela de Ahmed le parecieron muy útiles. De hecho, ni en el colegio ni en su familia fomentaron este arte de la conversación. Puede pasar en las mejores familias. Por tanto, cuando conocemos a emprendedores que son excelentes comunicadores, es cuando caemos en la importancia de este principio de la personalidad. Transmitir las ideas claras, perfectamente entendibles para todo el mundo y ser capaz de motivar o ilusionar únicamente con tus palabras, es una cualidad que marca grandes diferencias.
Se lanzó de cabeza y abandonó la ferretería.
Desapareció.
Joven, preparado y hambriento.
 
 
 
 
 
 
 
“De la ocasión
nace la tentación”
Refrán popular
 
2 de agosto, 7 años antes, Eichstätt, Alemania
 
La Bundespolizei lo ha detenido este jueves, como publica el periódico Ansbach Morgenblatt.
Entre otras técnicas, la banda que supuestamente capitaneaba Ahmed, traficaba con droga camuflándola en extintores de incendios que eran transportados en camiones de un país a otro. Ahmed tenía una orden de detención europea dictada por las autoridades alemanas desde hacía meses. La operación se mantiene abierta y fuentes policiales no descartan nuevas detenciones. Otto fue uno de los primeros en ser cogido. El puñetazo que le dio su padre Reinhard cuando salió tras los seis meses de detención obligatoria, lo tiró escaleras abajo. Cojeando cómo una bestia herida, llamó un taxi y se fue a casa de Theo, dispuesto a no ver a su padre nunca más.
Otto no era un luchador. Esperaba ser cogido. Muchos de nosotros somos parecidos al carácter de Otto. Nuestras ideas no siempre tienen éxito. Nuestras estrategias no siempre funcionan y en ocasiones o por momentos, nuestra competencia lo haría mucho mejor que nosotros. Tenemos miedo de actuar. Decimos, ay, no, mejor no lo hago, no sea que se rían de mí. No defendemos nuestra idea por el miedo al qué dirán. Esperamos a entretenernos con otra cosa, para deshacernos de esa idea “loca”, ¿verdad?
Cuando eso ocurre, jamás hay que ceder ni regalar nuestra posición. Enfócate en ti mismo, cada día, cada día, cada día. Hay que seguir luchando, cada día, aprendiendo de lo que no funcionó, y con la misma energía y vitalidad sin venirnos abajo ante las actividades negativas que no llenan. Es duro. Cuando nos esforzamos por convertirnos en mejores personas; cuando nos esforzamos por dejar de fumar, por adelgazar, por enamorar a la chica guapa; cuando nos esforzamos por cambiar nuestra vida, es duro. Es duro. Pero siguiendo el esfuerzo, cambiando, todo comienza igualmente a cambiar a nuestro alrededor. El esfuerzo es recompensado.
Pero los que no luchan, no salen adelante.
Los dos mayores disparadores de la vida de Otto son el sabotaje al que se somete constantemente y su total falta de pasión. Prefiere el drama al deleite. Otto es el ejemplo concreto de las personas que no toman responsabilidad en sus vidas. Solamente hablaba de sus problemas continuamente. Si no tenía problemas, los creaba. Su estrategia se iba a repetir el resto de su vida, sin que él se tomara el tiempo para aprenderse, para amarse, para esforzarse por algo, ni por sí mismo.
-¿Cómo conseguir lo que realmente quiero en el menor tiempo?
Esa era su pregunta, y era la equivocada, puesto que perseguía la recompensa rápida, sobre todo la monetaria, ganada por otros.
La vida sigue después de la quiebra y por ello no pararía. Seguiría moviéndose. Con cuatro años de libertad condicional por delante, decide escaparse con su amigo Theo a Tailandia. Por fortuna la policía no registró la casa de su amigo, por no estar implicado; por ello no encontraron el fajo de billetes escondido en la almohada. Con ello y con ilusión decidió marcharse lejos del área de Ansbach para no caer en la tentación de nuevo. Era la segunda vez que le detenían sorprendiéndolo.
-No habrá tercera -se prometió.
 
 
 
 
 
 
 
“A falta de corazón,
buenas las piernas son.”
Refrán español
 
Los dos hombres llenaron los dos petates verdes de lo primero que pensaron y dejaron atrás los tejados verticales de teja parda en dirección al aeropuerto internacional de München. Theo pisó el acelerador, con la ventanilla abierta al principio, hasta subirlo a ciento noventa. No hubo casi tráfico hasta el primer desvío. Cinco cigarrillos se fumaron entre el aparcamiento y la llegada del autobús que los llevaría al embarque de los vuelos internacionales para apagar los nervios.
Una mendiga les dio los buenos días en la escalera lateral, esperando que les diera alguna moneda, pero ellos pasaron de largo soñando con palmeras y aguas turquesas.
Cual corsarios atravesaron Tailandia de norte a sur, enamorándose de andar descalzos y alegres todo el día. ¡Nunca antes sintieron tal libertad corporal! Libre de las vestiduras, en bañador todo el día, holgazanear junto a los demás turistas ya no parecía una locura. El deseo hace bonito lo feo, ¿no?
-He, alter, he oído de una isla en la que siempre están de fiesta. Dónde hacen fiestas de la luna, sobre todo la luna llena dicen, tío. ¡Tenemos que ir!
Puede que existan cincuenta maneras de dejar a tu amante, pero todavía hay más formas de moverte en transporte público en este país. Sus pieles blancas revelan su procedencia. Bueno, blanco estaba el flaco. El militar grande a su lado parecía más rosado. ¡Ovación de pie para los extranjeros! El puerto estaba abarrotado de comercios tan versátiles y coloridos que lo mismo puedes comprar cajetillas de tabaco, un pareo o un pasaje para el próximo ferry.
-Hey, mister, ¿Koh Phangan? –gritan los vendedores que no se diferencian del resto de la población, excepto por la cartera enorme repleta de billetes en el bolsillo trasero.
Pero ellos sí reconocieron a estos dos alemanes, sin causarles ningún problema. Los dos jóvenes no estaban acostumbrados a tanta gentileza, por lo que les costó varias semanas relajar su desconfianza. Los mercaderes no relajan por ello su empresa.
-¿De dónde vienen? ¿A dónde van? ¿Cuántos años tiene? ¿Quieres un pasaje para ir a la fiesta de la luna llena? Yo tengo paisajes por buen precio. Mira, mira…
Además de contar mentiras nuevas, también necesitaron aprender a contestar correctamente a las preguntas con trampa. Pero, ¿qué importa? De vacaciones, con el bochorno de la humedad alta, sin comprender el idioma local un turista hace lo que sea para creer que hizo lo correcto. Hasta subirse a un barco y vomitar durante todo el trayecto para llegar algún día a besar y ligar con alguna mujer en una fiesta mundialmente conocida.
En la isla de Koh Phangan perdieron la decencia varias veces en las fiestas de la luna llena. Inquietos como eran, saborearon todo lo que la isla tuviera por ofrecerles. Incluso pintarse los cuerpos de colores que brillaban con los focos… El ocio entusiasta en todo su apogeo.
Theo era más emprendedor con las mujeres, sobre todo con las rubias. En ese contexto, la definición aceptable de éxito es que esas mujeres generaron una enorme riqueza a su amigo, quien nunca hubo estado cara a cara con una chica guapa e inteligente a la que no hubiera pagado antes. Nunca lo admitió, por supuesto, pero aprendió mucho del arte del cortejo de primera mano.
Se tatuó además diez veces, decorando su cuerpo con símbolos poderosos como los peces koi rojos y azules, tan apreciados en Japón; las calaveras de la muerte en tonos grises y negros, y un corazón atravesado en el centro del pecho.
Un plan de altura le atravesó ambos lóbulos creando túneles cada vez más grandes.
Tuvieron además la ventaja de ser los primeros en algunas islas poco turísticas. Tumbados de noche en las hamacas bajo el techo de cañas, los pocos turistas se agolpaban en un mismo resort para combatir el aburrimiento o la lluvia momentánea. En la juntura o conexión provocada por el humo de las sustancias que fumaban, ambos amigos se confundían antes de desviarse hacia los lados separándose como dos cortinas para arropar al prójimo.
Repetición, repetición, repetición…
Al verano siguiente, lo que corresponde al comienzo del invierno en el paraíso asiático, saltaron a Kazajstán para visitar la familia de Theo.
Su padre los recogió del aeropuerto el martes y el jueves ya acudieron a la boda de tres días de una prima cercana, en la que los numerosos invitados bailaban, bebían y comían sin parar. La veintena de microondas dispuestos a lo largo de la pared sorprendieron mucho a Otto, igual que la ostentosidad de las limusinas para traer a los familiares más cercanos. No es que fueran ricos, pero un día sí se quedaría marcado en la memoria de todos los participantes, limpiando así los antiguos recuerdos.
La madre de Theo era una señora suprema que adoraba las alfombras. Sus vestidos le llegaban siempre hasta los tobillos, provocando un ruido muy característico y delicado al andar. Su sonrisa perene dominaba su boca bien para el gusto de cualquiera que se topara con ella. La vuelta de su hijo, el más grande de todos sus hijos en estatura, pero el más pequeño en edad, distinguía perfectamente su resplandeciente cara.
-Hijo mío, estoy tan orgullosa de ti. Vas a defendernos bien.
-Pero más valdría que estuviera aquí –farfullaba de vez en cuando su padre-, ayudando a sus hermanos mayores.
-Ah, cariño, no te pongas así, pues ya sabes que él se crió allí –contestaba pacientemente-. No es como sus hermanos –decía volviendo a mirar a su benjamín con afecto.
Theo se marchó al mes, para comenzar su carrera militar en Alemania, pero su madre invitó a Otto a quedarse. Entre hogazas de lepyoshka caseras y ollas de plov, probó la carne de caballo y el kazy, dejándose cuidar, enamorándose de los sabores, de las especias, de la cocina. Dragoneó de sus conocimientos sin que la señora perdiera aquella serenidad.
Gracias a ella comenzó la formación profesional de cocina en el instituto de la villa. Ella le esperaba con la cena preparada. A Otto le gustaba estar en su casa. Le gusta su cocina. Le gusta usar los cuchillos. Le gusta la mañana. Le gustan las historias de la familia del padre de su amigo. Le gusta escuchar el cantar de los gallos durante la noche y recoger los huevos de las gallinas para ella. Le gusta echarles comida. Le gusta una chica de clase. Le gusta dormir sin somníferos. Y los pasan…
Tras la Grundausbildung18, a Theo le concedieron un mes de vacaciones antes de internarse por algo más de un año.
Llamó a su amigo para contarle que se iría con el coche a recorrer España, pues estaba sediento de sol, y decidieron juntarse y comenzar en Lloret de Mar, un lugar festivo del que habían oído hablar mucho.
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1 Jammer significa quejarse y man significa hombre en español. Juntos significan hombre quejica
2 Schuld significa culpable, culpabilidad en español
3 Alfombrilla circular de fieltro que descansa bajo la superficie del vinilo y permite que se deslice, evitando el roce del vinilo contra la superficie dura del plato giradiscos
4 Pieza / corte de música grabada
5 En música, son las siglas de beats per minute (pulsos por minuto)
6 Herr significa señor en español
7 Se lee govnó. Es ruso y significa mierda en español
8 Policía federal. Es la principal fuerza de policía de Alemania.
9 Siglas para tetrahidrocannabinol, principal constituyente psicoactivo del cannabis.
10 Estudios de formación profesional
11 El marco alemán fue la moneda oficial de Alemania hasta la adopción del euro en 2002
12 Oma significa abuela en español
13 Bar muy típico del sur de Alemania, especialmente en Bavaria y los Alpes, con terraza y bancos de madera, en el que se sirve, sobre todo, cerveza. Traducción: Bier = cerveza, Garten= jardín
14 Discoteca generalmente abierta hasta bien avanzado el día
15 Apelación comúnmente usada para referirse a un colega o un amigo. Traducción literal: viejo en español
16 Fuerzas armadas en Alemania
17 Señora en español
18 Preparación física básica común a todas las disciplinas de las fuerzas armadas alemanas, es decir, la Bundeswehr

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