POEMA

CRISTO DE LA SANGRE

Para Ana Hilda Linares Baez,
in Memorian,
#niunamás

De peor manera NO pudo iniciarse la tarde.

¡Cristo!
A las cuatro y media
sin que sonaran los clarines
se lidió a una mujer humilde y trabajadora.

El vuelo de una hoja laceró tres veces,
tres heridas
tres caudales de sangre
tres grietas
gotean y fluyen,
vacían la copa de vida
dejando el esqueleto hacer foro de alma.
¡Cristo!
Otra vez. ¡NO! Cristo.

NO eres el Cristo de la sangre,
NO es entregada por ofrenda,
NO es derramada por la salvación de nadie,
NO es grave la tarde,
es tarde de furia,
NO se evitó el martirio.
¡NO! Nadie lo evitó
y la calle tembló toda
y el pueblo se agitó de casa en casa,
con tan agrio sufrimiento
tembló el asfalto,
temblaron los tejados,
mientras en el suelo
inerte
yace la madre
que NO salvaste del acerado viento.
NO hiciste nada,
esperando llevarla a tu morada,
le diste tu cruz de cada día
no solo en ese afilado instante,
hoja en el aire
cortando suplica y carne.

Segundos de muerte
paseando la tarde
por veintipico vez en los últimos tiempos
con veintipico compañeras de viaje,
en barcaza del mismo barquero,
veintipico nuevos puntuales
para tu cruz,
veintipico heridas en el costado
en tu cruz
¡Cristo!,
NO cerraste la herida
tu que das la vida
con la inmensidad de tu costado,
tarde encelada de asesino
tarde ajada en el tiempo,
pitonazos como mordiscos de metralla
que dejan corazón abierto
y los ojos penitentes y ciegos,
¡tanta tarde para poco consuelo!,
tarde de huérfanos y miedo.
Sol, nubes removiendo flores
y cipreses esperando visita NO deseada,
flores de sangre en la prensa de la tarde.
Corolas de sangre
en el cáliz de tu sangre.

NO brota la madre a la vida,
NO lloran los ojos
por el asesino del infierno.
NO florece la mujer caída,
NO se levantan sus inertes brazos
para contener la ira.
¡Ay!, quien pidiera perdón
por sus pecados.
¡Ay, quien tañera rudos
tambores de desgarro!
¡Cristo! NO
sabes de los siete dolores de tu Madre,
por eso NO pensaste
en los dolores de aquellos que pierden
toda caricia amorosa
todo el gozo de sus labios
toda la mano de madre
o los susurros del alma.

¡Ay! Alma.
¡Cristo!, que estás en la sangre
en el misterio de la fe,
tú que todo lo puedes
no quisiste salvarla.
¡NO! necesitas el amor en la tierra,
ni precisas de manos que alcen estrellas.
¡NO! tienes palabras que abrasen
el rostro inhumano de la impotencia.
¡Claro! Desde tu altura
no hay cielo ni paciencia.
Pues, bienamados somos todos,
¿NO estás ciego de tanta fe?,
mientras el malvado se jacta de su quimera.

Una, dos, tres …
miles de veces
corre la sangre ligera
por llagas abiertas
de mujeres sin mercedes,
desahuciadas higueras
de higos de sangre seca
que será derramada por otras
y muchas más
para la remisión de sus pecados,
porque este es el cáliz de tu sangre.

¡Cristo!
Huyen los cobardes,
se ufanan y pegan,
son otros y muchos más
beben vino y cenan
sin decir qué vacía fue la muerte
y que tormento la pena.
NO refleja el honor
de los mortales que jalean,
ni de los palos que besan.
¡NO ves! el sufrimiento de tu madre,
ni la lágrima de la mujer yerta.
NO es una lágrima.
Cristo,
es la lágrima inmensa de la tierra,
lava de mártires y presas,
legiones de labios hinchados,
de huesos quebrados tras las puertas,
gemidos sin voz
que claman
auscultando bocas solas y mudas:
“¡porque esto es el cáliz de mi sangre!”

Lágrima,
tierra,
sangre,
fango y polvo,
tierra negra
de delirios llena,
relámpagos de puño y acero
tormentas de mezquinas tempestades,
fijeza embraguetada sin justicia,
lágrima que cruje
cuando el puño ruge
es ley del matador sin ruedo,
su pendón y bandera,
guerra y borrachera
donde se ahogan los sentimientos
y la maldad es el trofeo.
NO callaré mi grito
Cristo,
mis palabras son armaduras,
determinación y exigencia,
No saco la bandera blanca
ni emprendo el camino a las trincheras.
Fuiste cobarde,
tan prudente,
tan amigo del cobarde
tan gazapatón como él,
tan compañero
del pingajo humano,
que presenciaste todo el desigual combate,
heroísmo de golpes,
amor de cuchilladas
repugnantes
de torbellinos criminales,
escarabajo que hizo guardia
y ató los viajes
para sangrar a cántaros.

NO hubo voz amiga,
No sellaron tus labios, los párpados.
Cristo de la sangre.
NO acompañaste al alma por caminos secretos,
NO salvaste el cuerpo ni su esperanza.
Cristo ausente.
No te conozco, ¡Cristo mío!,
mientras la lágrima
pesada de hastío,
mientras hombres
la desprecian, laceran
en una sangre que quema.
NO pregona clemencia,
NO pide tu cruz, ni penitencia.
NO quiere sollozos de rasgados ojos,
ni pena ni gloria.
NO pido compasión,
No quiero valores de una báscula
y si los milagros NO existen
NO puedo
entenderte.

Tú vives en el Cielo
yo, sin vivir, en la tierra.
Tú amaneces en tu Cruz
y en tu agonía te alejas.
Yo me seco al sol sobre los hombros
y me hundo en la sangre seca.
Tu vives en la Mansión Eterna
y nosotros a la sombra de nuestros males,
hasta ese día, como tantos,
donde los gusanos devoran nuestra carne
y la sangre se pierde
en la obertura atronadora del péndulo.
¡Ay!,
otra vez, una vez más,
Cristo
mientras a ritmo de trilero silbato
matan,
en machada matan,
tu miras bajo la tarde plúmbea
desde la altura del albero celeste
a la derrengada
para la remisión de los pecados
e quoniam
hic est enim calix sanguinis tui*
¡Por qué!?

  • *porque éste es el cáliz de tu sangre